noviembre 09, 2017

Literatura deportiva, con invitado especial

¡Buenos días, docuslocos! Hoy os traigo una entrada algo distinta, pero a su vez muy esperada, ya que llevaba un tiempo queriendo escribir algo sobre este tipo de libros y obras.
Toca tratar el tema de la literatura deportiva y, por ello, he invitado a nuestro querido amigo Iker Torrescusa, compañero de la web Mi Viejo Chamartín y uno de los administradores y padres fundadores de La Catedral del Deporte, sitios altamente recomendables si os mola el mundillo deportivo, si os interesa saber la opinión de algún/a deportista de deportes minoritarios (con entrevistas incluidas) o si queréis enteraros de cuál es la situación actual de vuestro equipo favorito.

Sin más, os presentamos ya los dos libros que os traemos hoy...

Iker Torrescusa: En cuanto a literatura futbolística, he de hablar de "Mentiras y tópicos del fútbol" de Juan Arroita, un periodista digital que trabaja en Youtube mediante los canales Campeones y Charlas de Fútbol. recomendables para todos aquellos amantes del fútbol.
El libro comienza con un prólogo de Álvaro Arbeloa, amante de la buena literatura según ha dejado caer en diversas entrevistas. Cuenta, además, con historias sueltas desmontando mitos que recorrido la historia del fútbol desde sus inicios hasta hoy en día.
Una de las ventajas de la lectura de este libro es que, entre historia e historia, no hay relación y, por lo tanto, no hay necesidad de leer el libro entero para enterarte de una de ellas, aunque si de verdad te gusta leer y el fútbol, cuando comiences la primera historia estarás deseando leer la siguiente, y así una tras otra hasta terminar las más de 40 que se recogen en esta obra. Se incluyen también historias que hablan de las peculiaridades de las botas de algún futbolista o de los diferentes estilos de juego que han marcado época como el catenaccio o el tiki-taka.
Como en todos los ámbitos de la vida, también aparece la política: ¿de qué equipos eran los dictadores de otros países? Siempre se ha relacionado a Franco con el Real Madrid y, a través de la obra de Arroita, se trata de desmentirlo y descubrir verdaderamente a qué equipo era más cercano el caudillo.
En definitiva, un libro repleto de anécdotas y curiosidades, algunas de ellas más sonadas y otras más rebuscadas que hacen las delicias de los amantes de este deporte. Una muestra más de que el deporte rey y la literatura pueden ir unidos, los futbolistas no dejan de ser escritores que, en lugar de la pluma, utilizan el esférico para rubricar sus ideas.



Aitor Alberto Gómez: Llega mi turno. Os quería hablar de un libro referencia para aquellos/as amantes del baloncesto y, sobre todo, para quienes hayan trasnochado más de una noche y más de dos intentando seguir la mejor liga del mundo, a pesar de sufrir las típicas ojeras de oso panda al día siguiente. El libro del que os hablo no es otro que "El Sueño de mi Desvelo", escrito por el gran periodista deportivo y comentarista de baloncesto Antoni Daimiel, ya sabéis la voz de este deporte en Canal Plus (ahora Movistar +) durante más de veinte años (se dice pronto).
Considero que es una magnífica colección de historias vividas en ese mundo tan espectacular que es la NBA y que, además, están contadas de manera maravillosa por el autor siguiendo fiel a su estilo simpático, abierto y con esa capacidad para enganchar y atraer a la gente de la manera que solo él sabe hacer.
Muy reseñable es también el prólogo del libro, escrito cuidadosamente por un muchachito famoso llamado Marc Gasol, que quizá os suene de algo...
Historias de NBA, anécdotas, datos curiosos y las siempre interesantes crónica negra y crónica rosa forman parte de este libro que muestra una visión personal y profunda sobre uno de los mejores y, a la vez, más sacrificados, trabajos dentro del mundo del deporte.



noviembre 08, 2017

El Príncipe Roto




Secretos. Traición. Enemigos. 
El mundo de los Royal se viene abajo.

Reed Royal lo tiene todo: es guapo, está forrado y es popular. Las chicas hacen cola para salir con él, y los chicos sueñan con ser él. Pero a Reed solo le importa su familia… hasta que Ella Harper llega a su vida.

El odio que siente hacia la joven se convertirá en un sentimiento completamente distinto… Reed quiere a Ella. La necesita. Sin embargo, un estúpido error hará que todo su mundo se desmorone. Ella no quiere estar con Reed. Dice que se destruirán el uno al otro. Y tal vez tenga razón…

SI REED QUIERE RECUPERAR A SU PRINCESA, TENDRÁ QUE DEMOSTRAR 
QUE ES DIGNO DE ELLA

Título: El Príncipe Roto | Autora: Erin Watt |
Editorial: Oz Editorial | ISBN: 978-84-16224-49-4  | Páginas: 288

noviembre 07, 2017

Buscando la esperanza


Miércoles. Es el tercer día que mi padre está desaparecido. Esta situación me desespera. No puedo seguir así. Se está convirtiendo en una auténtica pesadilla, de la que veo que jamás me despertaré.
              
Todo germinó el sábado. Cuando me estaba preparando para ir a baloncesto, escuché a mi madre llorando porque tenía una vida que no le gustaba. Mi padre la consolaba en vano. Ahí empezó todo. La desazón no cesó, sino que continuó. El domingo, cuando me desvelé del sueño, escuché a mi madre gritarle y pegarlo. Quería cerrar los ojos, pensar que esto era una alucinación mía y que cambiaría cuando me despertara. Pero no fue así. Era real.
               
La noche del domingo fue la que detonó mi desánimo. No había nadie en casa, salvo mi madre. Me vino el primer pensamiento de que mi padre se había ido un rato a tomar el aire. Mi madre actuaba como si no hubiera ocurrido nada. Es más, se comportaba como si jamás hubiera tenido marido… como si hubiera vivido siempre sin él.
                
Estaba todo raro. La depresión de mi madre había llegado demasiado lejos. Había echado de casa a mi padre. Quizá él y yo no nos llevemos bien, pero tampoco quería que desapareciese de mi vida. Esto solo produjo que terminara teniendo recelo de ellos dos. Estaba muy disgustado. En dos días se desmoronó toda la estructura familiar que construimos en años.
                
Cené el embutido que había en la mesa. El disgusto se quedaba en mi estómago y no me dejaba la cabeza tranquila. La idea de mi padre fuera de casa pululaba igual que una mosca revoloteando detrás de mi oreja.
                
Mi madre seguía callada. No mostraba remordimientos por haber expulsado a su marido de su vida. Incluso la notaba indiferente.
               
  —¿Papá ha ido a buscar a Miguel?— pregunté.
               
  —No, papá se ha ido de casa—me contestó mi madre. —¡Ya sabes! No nos entendemos, así que…
                
¡Justo como predije! Esa era la respuesta que esperaba. ¡Es mentira! Sí se entienden, pero mi madre no hace esfuerzo ninguno para superar su depresión. Ni siquiera, asume que padece dicha enfermedad. Esa “ceguera voluntaria” estaba matando la convivencia familiar, y no era consciente de ello.
                
Un halo negro de tristeza me rodeó y me hundía lentamente. Los cimientos del mundo que me había creado yo se estaban cayendo. Sentía cómo la tierra se rajaba en dos mitades y me dejaba cada vez más inestable.
                
Esa sensación siguió tanto el lunes como el martes. Conocía a la perfección sus horarios de trabajo y tenía controlado a la hora que volvería. Esperaba a que regresara por la puerta por la que se marchó el domingo, pero no lo hacía. Mi padre nos había abandonado, mi madre apenas se preocupaba por nosotros y yo me comí el marrón de los dos frentes.
                
Ya no me encuentro con ganas de seguir. Tengo ganas de tirar la toalla y dejarme caer al vacío.
                
Desde la Antigüedad, nos han estado diciendo que la esperanza es lo último que se perdía; pero, ¿quién me va a dar esa esperanza? ¿Dónde la busco? ¿Acaso existe esa esperanza para que acabe la pesadilla de una vez? No lo sé. Hoy dormiré y mañana me levantaré investigando dónde se hallará esa lucecita verde llamada… Esperanza.

Hoy pensaba denunciar la desaparición de mi padre, pero cambié de opinión cuando mi madre me lo explicó todo.
                
—Misterio resuelto— me dije.
               
Me contó todo lo que sentía: soledad, falta de apoyo y de cariño, tristeza, amargura… Ambos pensaron que la mejor solución era la separación. En cuanto a mi padre, se marchó porque no aguantaba esta situación tan hostil. En lugar de enfrentarse a los problemas, tomó la decisión de marcharse y no volver más.
                
La verdad, a veces, duele; pero es mejor conocerla porque antes se cerrarán las heridas. Quizá no sea ahora el momento para la esperanza, pero sí podrá serlo más adelante. Lo único que me queda son la paciencia y el tiempo.

                
La esperanza, creo que no me hará falta buscarla más. Ella me encontrará a mí cuando menos me lo espere.


© Óscar Alonso Tenorio

noviembre 03, 2017

"La Guerra del Corazón Oscuro". Capítulo 8

Capítulo 8


-¡De acuerdo! Escuchad bien, hijos de puta. Nos han llegado informaciones de que las tropas de los Emperator se encuentran campando a sus diabólicas anchas en el mundo mortal, en el parque Winston, y tienen como rehenes a unos cuantos mortales. Iremos y nos presentaremos en sociedad. Las únicas consignas son: quedar como los buenos y, sobre todo, que ninguno de esos cabronazos quede con vida. Coged munición y armas, ¡vamos! ¡Toca salir a trabajar! Y despertad a quienes aun no hayan abierto el ojo, les necesitamos como equipo de ayuda si la cosa se pone fea.

Era sin duda la voz de Fred, un tipo que sabía cuándo aplicar la ironía y cuándo lanzar un mensaje bélico para alentar a los suyos. Y aquella mañana no llevaba su típico guante de garras de acero ni un sombrero a juego. Iba vestido de negro, con una de esas chaquetas militares por encima y en sus manos llevaba un largo machete que habría hecho asustarse al mismísimo Rambo. Parecía preocupado, como si algo no marchase del todo bien. De repente, volteó su cabeza hacia mi posición y me lanzó una mirada gélida, como si de un anticuerpo me tratara, como si yo no perteneciera por derechos a ese mundo.
-¡Ethan! Ven aquí, vienes conmigo. Te daré el armamento y mientras te explicaré los detalles de la misión.
-De acuerdo.

Accedí rápidamente a ir con él al ver cómo todo el mundo alrededor corría de un lado a otro preparándose para la acción. Tras cruzar dos pasillos andando, llegamos a una sala de aspecto lúgubre en la cual solo había una silla y varios armarios. Miré a Fred sin entender nada, esperando que me explicara de qué iba todo eso, pero no obtuve la respuesta necesaria. Simplemente, abrió la puerta y me pidió que me sentara.
-Bien, Ethan, relájate. Siento haberte asustado o impresionado ahí atrás. Verás... En estos tres armarios tienes todo el armamento que necesitas para cubrir tu pequeña primera misión. Solo es liberar un parque, como cuando venía la policía a echarte la bronca por pegaros en una zona pública o como cuando yo perseguía a algún niño o niña repelente por los pasillos del antiguo instituto.
-Y... ¿Ya está? Parecía todo mucho más solemne ahí atrás. Bien para empezar, pero deberías haber visto tu cara ahí atrás, era...
-Como si hubiese alguien importante para ti allí metido, ¿verdad?
-¿A qué te refieres?
-Armamento. Munición. ¡Ya! Salimos en diez minutos. Tú decides.
-¡Espera! ¿Qué coño has dicho? ¿Quién es esa persona?
-Joder, Ethan, odio que seas tan persistente. No puedo decirlo. Te encontrarás con la persona mencionada en el momento exacto. Ahora, cállate y lucha.

Y sin dar pie a nada más, salió de la sala. Cogí mis armas y una cantidad de munición acorde a las características de la misión. Me miré a un sucio espejo que había en la sala y pensé que eso era infinitamente distinto a disparar las armas del tío Brandt en el jardín. Aquí no había vuelta atrás, sobre todo sabiendo que ahora habría alguien por el que preocuparse. Más aun...
Todo sucedió demasiado rápido. En media hora, habíamos llegado a pie hacia el parque por unos callejones que nos sirvieron de atajo. Fred nos distribuyó en dos equipos, que atacarían por ambas salidas del parque. Al llegar, la escena era apocalíptica: el parque Winston y sus alrededores estaban cubiertos de llamas, había montones de policías muertos de miedo apuntando a esos hijos de puta sin creerse que pudieran contener esa amenaza y la imagen estaba en todas las pantallas grandes de alrededor. Mientras, los asesinos de los Emperator proclamaban cánticos y esbozaban sonrisas malvadas mientra sus motosierras se acercaban cada vez más a los cuellos de los rehenes.
Definitivamente, una terapia de choque para saber en qué y dónde me había metido.
-A mi señal, Ethan. No te muevas antes de tiempo o esos cabrones matarán a todos.
-Recibido.

Mary, Jason y yo estábamos en mi grupo junto a dos componentes de nuestro ejército; en el otro, Fred, Mike y Norm. La señal llegó al ver al primer decapitado. Fred lanzó una bengala hacia el cuerpo del civil asesinado y así, salimos a espaldas de los Emperator.
Todo se convirtió en una lluvia de fuego y balas directas hacia el cuerpo de los diabólicos seres, que parecían no sufrir los efectos del plomo.
-¡Morid, cabrones! Maldita sea, he gastado la munición. ¡Son demasiados, joder! ¿Qué hacemos?
-Tira por la antigua usanza.

De repente, me vi desbordado por la situación, disparando a un lado y a otro sin saber qué esperar de toda esa situación. Por mucho que pasara la fase de pruebas, la primera gran piedra de toque estaba resultando ser un fracaso para mi. Supongo que no estaba preparado para ver juntas motosierras, machetes y pulidoras destrozando cabezas de asesinos mientras los cabrones morbosos de los periodistas grababan todo con una sonrisa en la boca imaginando su audiencia del día del siguiente.
Por suerte, una pequeña explosión dejó ver algo debajo de una camioneta.
-¡Ethan, coge la información! 

Era la voz de Mike quien hablaba. Reaccioné en ese momento y aseguré el maletín tirándome debajo de esa camioneta. Al deslizarme, vi que tenía destrozado el sistema de aceite y comprobé si llevaba un mechero en el bolsillo. Definitivamente, Fred tenía toda la razón del mundo con aquello de "coger todo lo necesario". Arranqué la protección, salí corriendo de allí y lancé el mechero hacia la camioneta. ¡Bomba asegurada!
La explosión invadió el parque y, tras un breve apagón, dejó ver qué todos los de nuestro ejército, junto a los civiles y la gente de alrededor estaban bien. La gente, asombrada, comenzó a aplaudirnos.
Parecía que era nuestra primera victoria. Todo quedaba en calma tras la grave pelea.
-¡Eh! Creo que vosotros y yo tenemos que hablar sobre algo.

Era la voz de Jeff. Joder, claro, cómo había estado tan ciego de no darme cuenta que era su camioneta. Mary cogió el maletín y se lo entregó a Jeff, quien me miró con aquella misma mirada con la que por la mañana me había mirado Fred. Ahora entendía que alguien especial estaba en peligro y, de nuevo, me correspondía a mi la labor de protección.

La peste


“Con la caridad entró la peste”, una frase que me marcó para toda la vida.

La Asociación vivió unos meses de bonanza. En tan poco tiempo dimos pasos agigantados. Programábamos cenas navideñas, preparábamos eventos abiertos para todo el público, realizamos galas de fin de curso, organizábamos escapadas de fin de semana para despedir el verano… Fue un éxito rotundo. Subimos como la espuma. Parecía un sueño. Todo corría como por arte de magia.

No hacía falta, ni siquiera, que nos hiciéramos de rogar. Casi con los ojos cerrados logramos ser una piña y construir todos juntos un espacio para nosotros.

Nuestro camino empezó a desviarse cuando acogimos a la Peste. Al principio no nos percatamos de su verdadera naturaleza.

“¡Qué bien! ¡Un chico nuevo en nuestras filas!”, dijimos.

Nos alegramos. Estábamos orgullosos de haber metido a uno más en la Asociación. Gracias a él íbamos a crecer.

¡Ja! ¡Menudos imbéciles fuimos! Ahora lo pienso y me arrepiento.

Poco tardó en apestarnos.

A principios de enero de 2016 empezó a tener romances con Andrea. Por aquel entonces algo me empezaba a oler mal. No dije nada porque ella cayó en sus brazos por culpa de los Celestinos, pero la Peste escondía oscuras intenciones.

El tiempo pasó y las circunstancias me lo confirmaron. En febrero comenzaron los malos rollos. Constantemente me hacía burlas, me tomaba el pelo, se reía de mí y mentía. Tan solo fue el comienzo porque esto fue de mal en peor. Por finales de febrero y principios de marzo me enteré que estaba tirándole los tejos a Kati.

Me indigné. Tenía novia. Había conseguido lo que tanto ansiaba y la estaba menospreciando como un vulgar juguete de usar y tirar.

“¡Menudo hijo de puta!”, pensé.

Dentro de mi estómago crecía un sentimiento negro, muy ligado al dolor, que terminaría consumiéndome por completo. No lo podía controlar. Crecía de forma meteórica.

Pronto siguieron los malos rollos entre Andrea y la Peste. Lo sé, porque era testigo de cómo lavaba el cerebro a los Celestinos. Por su culpa crucificaron a Andrea.

No se lo merecía. Ella no había hecho nada. Todo lo orquestó él. Estaban ciegos. La Peste los estaba engañando.

Me sentí tan impotente como un cristiano cuando presenció que salvaba a Barrabás para sentenciar a Cristo.

Y lo peor. Yo no podía hacer nada. Nadie me iba a creer y todos le verían bueno.

Finalmente rompió con Andrea, pero las cosas no mejoraron. Las mentiras siguieron. La Peste se había crecido demasiado e infectado a todos. Era imparable.

Llegó el verano. Asistí a su cumpleaños. Continuaron sus embustes. Para colmo, su madre las afirmaba y las disfrazaba de verdad.

—Esto es tarta cubana— nos dijo. —La hemos hecho nosotros.

¡Ja! ¡Estúpidos! Tal vez puedan engañar a los Celestinos, pero a mí no me iban a embaucar. Yo estaba a tres pasos por delante de ellos.

Ese día capté que su nueva presa era Diana. Yo no quería que corriera la misma suerte que Andrea. Así que, hice todo lo posible para que no cayera en sus redes y la protegí por todos los medios. Bastante daño había causado ya.

Lo logré. Fracasó en sus constantes intentos de conquistar a Diana. No era invencible. Podía derrotarlo, solo si conseguía convencer a la gente suficiente para hacerlo.

¡Llegó el momento! Ya me cansé de sus humillaciones, sus bromas y sus ataques hacia mi persona. Ahora me tocaba a mí. Ahora iba a ser yo quien fuera a por él.

Mientras él seguía buscando presas para su colección, yo trataba por el otro lado de convencerlas para que no se acercaran porque les haría mucho daño. El contraataque iba fermentando. Cada vez eran más mujeres quienes lo rechazaban. Poco a poco se iba quedando solo.

Sin embargo, me topé con un hueso duro: los Facilitadores de la Asociación. Se habían metido tanto el papel de integradores, que me sancionaron por haberle acusado de “enemigo”.

Una gran impotencia se apoderó de mí. Me sancionaron por ser portador de la verdad. Es el enemigo de la Asociación. Ha sido quien más daño ha causado. Por su culpa, se abrió un bando entre las chicas.

Tenía que cambiar de estrategia. El choque frontal no me llevaba a ninguna dirección.

Me tragué el sapo para volver al Grupo y le pedí perdón. Más por regresar al Grupo que por el perdón, porque no estoy dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva.

Por ahora, la Peste está ausente; pero ya me ha quedado claro que cuenta con el total apoyo de los Facilitadores. Me supondrá una limitación, pero bueno… ya se me ocurrirán métodos distintos para sacar a la Peste de la Asociación.

La guerra no ha hecho más que comenzar.


© Óscar Alonso Tenorio